VIDA

Cuba observa cómo las noches de La Habana se apagan mientras la crisis devora la alegría

La desaparición de la vida nocturna en La Habana es más que una historia de turismo. Las calles oscurecidas de Cuba revelan cómo la escasez de combustible, la migración, las sanciones y el agotamiento económico han vaciado una de las capitales más simbólicas de América Latina después del anochecer.

Una capital que ya no permanece despierta

La Habana siempre ha dependido de cierta ilusión después del anochecer. Incluso en tiempos difíciles, la ciudad sabía cómo vivir. La música se escapaba de los bares. Los cafés permanecían abiertos. Los teatros brillaban. Turistas y locales recorrían las amplias avenidas como si el ritmo mismo pudiera mantener unida a la isla una noche más.

Ahora esa ilusión se está desvaneciendo gravemente.

Como reportaron la AP y Andrea Rodríguez, las avenidas de La Habana están vacías por la noche. Los teatros están cerrados. Bares y cafés han bajado sus cortinas. Hay pocas farolas. También escasean los cubanos que antes ganaban dinero entreteniendo a los visitantes. Bajo la presión de un embargo petrolero impuesto por la segunda administración del presidente estadounidense Donald Trump, y lo que las notas describen como la crisis económica más severa de la isla en décadas, la vida nocturna de la capital se ha apagado. Ese silencio no es solo estético. Es económico, emocional y cívico.

Cuando Yusleydi Blanco dice: “Me siento vacía por dentro cuando veo mis calles vacías. No puedo ser feliz cuando mi país está triste”, está describiendo algo más que nostalgia. Está nombrando lo que sucede cuando una ciudad pierde una de sus señales más visibles de vitalidad. La vida nocturna en La Habana nunca fue solo ocio. Era ingreso, improvisación, dignidad y prueba de que la ciudad aún podía seducir al mundo incluso soportando la escasez.

Por eso la oscuridad importa. Cambia cómo Cuba se siente consigo misma.

Calle sin alumbrado en La Habana, Cuba. EFE / Ernesto Mastrascusa.

Del auge turístico al silencio en las calles

El contraste con hace solo unos años es duro. Tras el acuerdo de 2016 entre Barack Obama y Raúl Castro que suavizó las restricciones de viaje de EE.UU., el dinero fluyó hacia la isla a medida que el turismo aumentaba. Los negocios privados, recién permitidos, comenzaron a aparecer. Vehículos modernos importados se sumaron a los viejos clásicos de los años 50 en las calles. En 2018, Cuba recibió un récord de 4,7 millones de turistas. La capacidad hotelera estaba tan saturada que se veía a viajeros sin alojamiento durmiendo en un parque en Viñales, la pintoresca localidad occidental conocida por atraer visitantes y escaladores.

Ese periodo ahora parece casi irreal, no porque haya sido próspero en un sentido amplio o igualitario, sino porque ofreció un respiro. Para un pequeño grupo de emprendedores y trabajadores ligados al turismo, La Habana se sintió brevemente conectada de nuevo con el mundo. Las noches de la ciudad reflejaban eso. La lógica era simple. Más visitantes significaban más viajes, más tragos, más música, más propinas y un mayor apetito por el espectáculo y el servicio. Incluso una apertura limitada podía animar una economía urbana basada en el movimiento y la improvisación.

Hoy, el retroceso es brutal. La venta de gasolina está limitada a 20 litros por vehículo, y los dueños pueden esperar meses para su turno en la gasolinera. Los autobuses dejan de circular a las 6 p.m. Aerolíneas como Air France, Air Canada e Iberia han dejado de volar a La Habana porque no pueden reabastecerse allí. En El Vedado, uno de los barrios más reconocibles de la ciudad, el sonido de los autos se ha desvanecido tanto que se pueden volver a escuchar los pájaros. Es una imagen hermosa en el papel, pero en este contexto, resulta casi cruel. La naturaleza reaparece no porque la ciudad haya encontrado la paz, sino porque la vida económica se ha retirado.

El colapso turístico es igual de evidente. El gobierno cubano reportó 77.600 llegadas de turistas en febrero, frente a 178.000 en el mismo mes del año anterior. Esta es la parte de la crisis que los forasteros pueden entender rápidamente porque se nota en una ausencia visible. Mesas vacías. Escenarios cerrados. Manzanas en silencio. Pero debajo del turismo hay un agotamiento más amplio que se extiende a la comida, el agua, la medicina y el transporte.

Por eso la frase de Dolores de la Caridad Méndez pesa tanto. Ella dice que esto es “peor que el Período Especial”, evocando los años de devastación que siguieron al colapso soviético en los años 90. En Cuba, esa comparación no se usa a la ligera. El Período Especial sigue siendo el referente del sufrimiento nacional, la época a la que la gente recurre cuando necesita explicar cómo se sentía la verdadera contracción económica en el cuerpo. Decir que esto es peor es decir que el viejo recuerdo de supervivencia ya no basta para tranquilizar.

Calle sin alumbrado en La Habana, Cuba. EFE / Ernesto Mastrascusa.

Una crisis que vacía más que los bares

Las notas de la AP dejan claro que el colapso actual no es el resultado de un solo mal mes o de un solo sector fallido. Trump endureció las sanciones más allá de lo que hicieron sus predecesores demócratas, exigiendo el fin de la represión política, la liberación de presos políticos y una liberalización de la economía. Al mismo tiempo, la vida cotidiana en Cuba ha sido transformada por apagones persistentes, recortes en el sistema estatal de racionamiento de alimentos y graves carencias de agua y medicinas. En ese entorno, la vida nocturna no desaparece porque la gente de repente deje de gustar de la música o de salir. Desaparece porque toda la cadena que la hace posible empieza a romperse.

La electricidad se vuelve poco confiable. El combustible escasea. El transporte público termina temprano. Los turistas desaparecen. Los artistas emigran. Los trabajadores pierden la esperanza. Una ciudad que antes dependía de la circulación nocturna empieza a replegarse sobre sí misma antes del anochecer.

Ese repliegue también se ha acelerado por la emigración. Entre 2021 y 2024, aproximadamente 1,4 millones de cubanos abandonaron la isla, la mayoría jóvenes, pero también músicos, actores, bailarines y otros artistas que animaban las noches habaneras. Esta es una de las tragedias silenciosas dentro de la historia. Una ciudad no solo pierde clientes en una crisis. Pierde artistas, cantineros, anfitriones, técnicos, soñadores y la confianza humana que mantiene viva la economía cultural después del anochecer.

Yeni Pérez, dueña del café Entre Nos en La Habana Vieja, describe el ritmo emocional de intentar sobrevivir en esas condiciones. Te despiertas lista para comerte el mundo, dice, decidida a vender más que nunca. Luego no entra ningún cliente y vuelves a casa devastada. Al día siguiente, lo intentas de nuevo. “Es una época que está poniendo a prueba la resistencia de todos.”

Esa frase puede ser el resumen más honesto de la situación actual de Cuba. La crisis ya no es solo escasez. Es resistencia como disciplina diaria. ¿Puede un dueño de negocio seguir abriendo la puerta? ¿Puede un trabajador seguir presentándose? ¿Puede una ciudad seguir imaginándose viva cuando la noche ya no responde?

El corte de suministro de petróleo venezolano por parte de EE.UU. y su amenaza de aranceles a otros países que vendían petróleo a Cuba intensificaron aún más la emergencia, dejando a la isla sin un envío hasta que un petrolero ruso llegó en marzo. Pero incluso ese breve alivio solo subrayó la fragilidad. La vida nocturna habanera no depende de un solo barco. Depende de todo un ecosistema social de movimiento, confianza e intercambio, y todo eso ahora está bajo presión.

Lo que significa el silencio de La Habana, entonces, es más grande que el sector de entretenimiento de una ciudad. Significa que la crisis cubana ha ido más allá de las colas y la escasez y ha penetrado en la vida simbólica de la nación. La Habana de noche solía proyectar resiliencia, seducción y una especie de glamour golpeado. Si eso se apaga, el país pierde no solo ingresos, sino una de sus formas más reconocibles de insistir en que seguía aquí, seguía cantando, seguía abierto al mundo.

El reportaje de Andrea Rodríguez para la AP captura esa pérdida de la manera más humana posible, a través de personas que no hablan desde la ideología sino desde el cansancio. Un país puede sobrevivir mucho tiempo a base de resistencia. Pero cuando incluso la noche empieza a cerrarse temprano, es señal de que la crisis ya no está rodeando a La Habana. Está viviendo dentro de ella.

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