ANÁLISIS

Perú enfrenta otra segunda vuelta mientras los votantes rechazan a la clase política

La segunda vuelta de junio en Perú entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez expone una democracia fracturada en la que los votos en blanco superan a todos los candidatos, las denuncias de fraude ponen a prueba a las instituciones y una nación cansada debe elegir de nuevo tras haber pasado por ocho presidentes en una década.

Una segunda vuelta que nadie siente propia

Perú ha elegido a sus finalistas, pero no con la confianza de un país convencido por sus opciones. El Jurado Nacional de Elecciones confirmó oficialmente el domingo que la candidata de derecha Keiko Fujimori y el aspirante de izquierda Roberto Sánchez competirán en la segunda vuelta presidencial del 7 de junio, cerrando la larga certificación de las elecciones generales de abril y abriendo otro capítulo en el agotador drama político peruano.

La ceremonia, presidida por el presidente del JNE, Roberto Burneo, dio forma institucional a un resultado que el país había esperado treinta y tres días para ver completamente resuelto. La Oficina Nacional de Procesos Electorales completó el conteo del 100 por ciento de los votos el viernes, tras semanas de actas impugnadas, audiencias públicas y acusaciones. Fujimori terminó primera con el 17,19 por ciento, casi 2,9 millones de votos. Sánchez quedó segundo con el 12,03 por ciento, o 2,01 millones de votos, apenas por delante del candidato de ultraderecha Rafael López Aliaga, quien obtuvo el 11,91 por ciento y 1,99 millones de votos.

Ese margen revela la primera verdad de la elección: Perú no se unió. Se dispersó.

Con treinta y cinco candidatos presidenciales en la boleta, la elección más grande en la historia del país se convirtió en un retrato de la desconfianza pública. El dato más revelador no fue el primer lugar de Fujimori ni la ajustada supervivencia de Sánchez. Fue el 16,84 por ciento de votos en blanco o nulos, sumando 3,41 millones de sufragios. En términos absolutos, el rechazo superó a cualquier candidato individual.

Eso no es un detalle técnico. Es un estado de ánimo nacional.

El voto en blanco y nulo se ha convertido en la protesta silenciosa de Perú, una forma en que los ciudadanos marcan presencia sin otorgar confianza. Dice que la república aún vota, pero la clase política no se ha ganado el espacio. Dice que la democracia está viva como procedimiento, pero herida como promesa.

Keiko Fujimori. EFE

Los viejos fantasmas regresan

Se espera que la segunda vuelta reviva la polarización de 2021, cuando Pedro Castillo derrotó a Keiko Fujimori y el país entró en otra espiral de confrontación, investigaciones, quiebre institucional y desconfianza. Fujimori, hija y heredera política del expresidente Alberto Fujimori, busca la presidencia nuevamente tras perder las tres elecciones anteriores. Su nombre evoca orden y trauma al mismo tiempo, dependiendo de quién hable y qué haya vivido.

Para algunos peruanos, el fujimorismo representa la derrota de la insurgencia, la estabilización económica y un Estado duro que muchos ahora recuerdan a través del aumento de la delincuencia. Para otros, significa autoritarismo, violaciones a los derechos humanos, corrupción y la sombra de un gobierno que mostró cuán fácilmente una emergencia puede convertirse en método de gobierno. Por eso, la candidatura de Keiko Fujimori no parte de cero. Parte desde un apellido que aún divide al país como una vieja cicatriz.

Sánchez llega desde el polo opuesto, postulando como aliado del expresidente encarcelado Pedro Castillo, el maestro rural cuya victoria en 2021 fue leída por muchos como una rebelión del interior olvidado contra el establishment político y económico de Lima. La presidencia de Castillo luego colapsó en crisis, pero la rabia social que lo impulsó no ha desaparecido. Se ha movido, adaptado y buscado otro vehículo.

Esa es la fractura más profunda de Perú. Esta elección no es simplemente derecha contra izquierda. Es Lima contra la periferia, miedo a la delincuencia contra resentimiento antiélite, continuidad del mercado contra demandas de redistribución y fatiga institucional contra la tentación de quemarlo todo. La política peruana suele describirse como inestable, pero la inestabilidad no es la causa. Es el síntoma de un país cuyo crecimiento económico nunca construyó un Estado confiable.

Los datos de esta votación muestran cuán débiles son los mandatos. El 17,19 por ciento de Fujimori y el 12,03 por ciento de Sánchez juntos representan menos de un tercio del entusiasmo político válido en una primera vuelta en la que el mayor bloque no fue un movimiento, sino la fragmentación. Quien gane el 7 de junio gobernará un país donde la mayoría de los votantes no lo eligió inicialmente.

Eso importa en un sistema ya golpeado por una década de convulsión y ocho presidentes. Perú se ha convertido en un caso de estudio regional de cómo los procedimientos democráticos pueden persistir incluso cuando la legitimidad se desvanece. Se celebran elecciones. Las autoridades proclaman resultados. Los partidos compiten. Pero los presidentes caen, el Congreso obstruye, estallan protestas y los ciudadanos aprenden a esperar otra crisis antes de que la anterior se haya enfriado del todo.

Roberto Sánchez. EFE

Latinoamérica vuelve a mirar a Lima

La geopolítica de la segunda vuelta peruana trasciende sus fronteras porque Perú no es un estado marginal en América Latina. Es una potencia minera, una economía del Pacífico, un país vinculado a China, Estados Unidos, el comercio regional, la política andina, las rutas migratorias y el futuro de la gestión de recursos. Su inestabilidad se transmite a través del cobre, la inversión, los precios de los alimentos, la diplomacia y el equilibrio ideológico de Sudamérica.

Una segunda vuelta entre Fujimori y Sánchez será observada por inversionistas, gobiernos vecinos, movimientos sociales, comunidades mineras y capitales extranjeros porque Perú se encuentra en la encrucijada de dos ansiedades regionales. Una es el temor al desorden, la delincuencia y la debilidad institucional. La otra es el miedo a que los modelos económicos basados en la extracción hayan beneficiado a las élites mientras dejan a las regiones rurales e indígenas sintiéndose desechables.

La minería es central en esa tensión. La riqueza mineral de Perú le da peso geopolítico, especialmente en un mundo hambriento de cobre y recursos críticos para la transición energética. Pero la extracción sin legitimidad genera resistencia. Las comunidades que ven contaminación, desigualdad y poca presencia estatal no se dejarán convencer por gráficos macroeconómicos para siempre. En ese sentido, la crisis electoral peruana es también una crisis de la política de recursos. Quién se beneficia del suelo bajo los Andes sigue siendo una de las preguntas más antiguas y sin respuesta del país.

También importan las demoras en el conteo de la primera vuelta. Más de 5.000 actas impugnadas fueron revisadas por sesenta jurados electorales especiales, y se examinaron más de 60.000 registros de votación disputados. López Aliaga denunció fraude y exigió nuevas elecciones y una auditoría. Sin embargo, no presentó pruebas concluyentes y su impugnación fracasó. El JNE argumentó que el cronograma de certificación fue consistente con elecciones pasadas, señalando proclamaciones el 13 de mayo en 2011, el 10 de mayo en 2016 y el 18 de mayo en 2021.

Esa defensa institucional es importante. En América Latina, donde la desconfianza se convierte fácilmente en arma, las autoridades electorales deben hacer más que contar. Deben sobrevivir a la sospecha. El sistema peruano tardó más de lo que los ciudadanos querían, pero la rapidez no es la única medida de credibilidad. En elecciones cerradas, el ritual de la revisión puede ser el último muro frágil de la democracia ante la posibilidad de que la acusación se convierta en hecho por repetición.

Aun así, el muro es frágil. La segunda vuelta decidirá quién gobierna de 2026 a 2031. Pero también pondrá a prueba si Perú puede producir algo más que otra presidencia temporal. El país no solo necesita un ganador. Necesita un gobierno capaz de construir suficiente confianza para perdurar.

Los peruanos ya enviaron su advertencia a través de los números. Los candidatos avanzaron. El público retuvo el afecto. El 7 de junio, la boleta obligará a elegir. La pregunta más difícil es si el próximo presidente podrá convencer a un país cansado de que elegir todavía significa algo.

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