Política

La elección en Perú se convierte en una prueba para la democracia mientras aliados de Sánchez se movilizan contra la ventaja de Fujimori

Con Keiko Fujimori virtualmente a la cabeza y Roberto Sánchez llamando a sus simpatizantes a las calles de Lima, la segunda vuelta presidencial en Perú se ha transformado en una radiografía nacional de desconfianza, fractura de clases, abandono rural y la peligrosa aritmética de gobernar con medio país aún observando de cerca.

El margen tiene una dirección

En Lima, los números han comenzado a sentirse menos como aritmética y más como atmósfera. Con el 99.05% de los votos de la segunda vuelta contabilizados, una diferencia de 33,432 votos ha puesto a la candidata de derecha Keiko Fujimori al borde de una victoria virtual sobre el izquierdista Roberto Sánchez, según cifras electorales. Fujimori tenía el 50.092%, o 9,125,179 votos, mientras que Sánchez contaba con el 49.908%, o 9,091,747. Eso no es un mandato. Es un susurro nacional.

Juntos por el Perú, el partido de Sánchez, respondió el martes convocando a una movilización el viernes en Lima “en defensa del voto popular”, rechazando el resultado que indica la victoria de Fujimori. El partido llamó a la “más amplia unidad” de fuerzas democráticas, sociales, laborales, campesinas, indígenas, juveniles y populares para construir un Frente Patriótico Popular desde abajo. Su concentración en el Campo de Marte, en Jesús María, está prevista para la tarde del viernes, tras vigilias y plantones a nivel nacional el miércoles. El comunicado también denunció autoridades electorales opacas, cambios de reglas a mitad del proceso, defectos de nulidad y maniobras político-mediáticas, afirmando que el voto ciudadano había sido deslegitimado.

La escena es familiar, y ese es precisamente el problema. Perú ha vivido durante años en el estrecho espacio entre el procedimiento legal y la legitimidad de la calle. El voto se cuenta en oficinas oficiales, pero se cree, o no se cree, en plazas, mercados, terminales de buses y cocinas familiares. Sánchez, actual congresista que hizo campaña en nombre del destituido y encarcelado expresidente Pedro Castillo, defendió la movilización pacífica como un derecho constitucional. Su lema, “Solo el pueblo salva al pueblo”, resuena en Perú con esperanza y advertencia a la vez.

La candidata presidencial Keiko Fujimori. EFE/ Iván Orbegoso

Un país dividido más allá de los porcentajes

El mapa electoral no es solo ajustado. Es la geografía social hecha visible. Reuters informó que Fujimori dominó Lima, el voto urbano y la costa en los primeros conteos. Al mismo tiempo, Sánchez arrasó en las zonas rurales y la sierra, mostrando dos electorados que tiran en direcciones opuestas. En Lahuaytambo, un distrito andino a las afueras de Lima, la división se volvió casi literaria: 181 votos para Fujimori y 181 para Sánchez, un empate perfecto en un pueblo donde los vecinos hablaban menos de ideología que de caminos, agua potable y pensiones.

Ese es el dato más profundo. El centro de Perú sigue estando en Lima, donde se concentran el dinero, los medios, los ministerios y la confianza costera. Pero la herida política sube la montaña. Los Andes recuerdan ser visitados durante las campañas y olvidados después. El voto rural que llevó a Castillo en 2021 no desapareció cuando él cayó. Se movió, se endureció y buscó un nuevo recipiente. Sánchez ofreció uno. Fujimori ofreció otra promesa: orden, experiencia y una marca conocida en un país agotado por la improvisación.

La primera vuelta expuso la debilidad de ambos. Fujimori obtuvo el 17.19% y Sánchez el 12.03%, lo que significa que más del 70% de los votantes eligieron inicialmente a otra persona, según AP. En Perú, tras años de presidentes destituidos, vacados o encarcelados, la próxima administración ya viene con una advertencia antes de nacer.

El drama matemático es solo la mitad de la historia. Con 0.184 puntos porcentuales, la ventaja reportada de Fujimori es más estrecha que la paciencia de muchos peruanos. Sin embargo, con solo actas observadas por resolver, Sánchez necesita más que indignación. Necesita que los votos en disputa cambien el resultado de una manera que las autoridades electorales y los observadores puedan defender públicamente. Reuters informó antes en el conteo que las actas impugnadas estaban bajo revisión del Jurado Nacional de Elecciones. Al mismo tiempo, observadores internacionales no habían encontrado problemas mayores en la contienda en esa etapa.

El candidato presidencial Roberto Sánchez (centro), Lima, Perú. EFE/Renato Pajuelo

Latinoamérica observa la réplica

Aquí es donde Perú deja de ser solo Perú. En toda América Latina, las elecciones reñidas se convierten cada vez más en pruebas de credibilidad institucional, no solo de preferencia popular. El lado perdedor denuncia manipulación. El lado ganador llama al orden. Las redes sociales aportan furia. La región conoce demasiado bien esta coreografía.

Para Fujimori, si su ventaja se oficializa, la presidencia llegaría con un problema de legitimidad incorporado. Su apellido aún carga la doble herencia de su padre Alberto Fujimori: seguridad y estabilización económica para algunos, autoritarismo y abusos para otros. Una victoria por un margen tan estrecho no borraría esa historia. La intensificaría. Cada nombramiento de gabinete, decisión policial y maniobra en el Congreso sería leída con sospecha por una izquierda que ya dice que el voto ha sido deslegitimado.

Para Sánchez, la estrategia de movilización también tiene un costo. La protesta pacífica es oxígeno democrático, especialmente en un país donde las voces rurales e indígenas han sido tratadas a menudo como ruido lejano. Pero la línea entre la vigilancia y la deslegitimación permanente es delicada. Si los reclamos fracasan, insistir en que la victoria fue robada sin pruebas contundentes podría profundizar el mismo colapso institucional que sus seguidores dicen temer.

El próximo capítulo del país dependerá menos de quién celebre primero que de si el perdedor puede permanecer dentro de la democracia y si el ganador puede gobernar más allá de su base. La economía peruana, fuertemente minera, necesita previsibilidad. Sus ciudadanos necesitan algo más íntimo: seguridad, trabajo, escuelas, caminos, hospitales y un Estado que llegue antes que una caravana de campaña.

Latinoamérica debe mirar de cerca porque Perú está mostrando el futuro en miniatura. Partidos fragmentados, furia anti-establishment, abandono rural, ansiedad por el crimen y desconfianza en los árbitros electorales ya no son síntomas locales. Son el clima regional. La urna sigue importando. Pero cuando la mitad del país mira el resultado y ve la derrota no como pérdida, sino como despojo, la democracia debe hacer más que contar. Debe convencer.

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