AMÉRICAS

El desplome en las encuestas de Uruguay pone el escándalo del camión de Orsi en el centro del debate

Una encuesta de CIFRA muestra al presidente Yamandú Orsi con un 20% de aprobación y un 65% de desaprobación tras la controversia del camión en Uruguay, exponiendo una crisis de gobernabilidad en la que la confianza personal, la cautela fiscal y las expectativas del Frente Amplio ahora chocan al inicio de su presidencia, antes de que comience la temporada presupuestaria.

Una presidencia pierde la sonrisa

En Uruguay, los presidentes no deben parecer inalcanzables. Toman mate, caminan por pueblos pequeños, hablan como vecinos y sobreviven en la política pareciendo menos grandiosos que el cargo que ocupan. Yamandú Orsi construyó su ascenso sobre esa cercanía. Ex intendente, hombre del Frente Amplio, tono de maestro, sonrisa espontánea. Su capital político nunca fue solo partidario. Era personal.

Por eso la última encuesta de CIFRA cae con un estruendo mayor que los números mismos.

Según CIFRA, cuya encuesta se realizó por teléfono a 800 personas entre el 1 y el 17 de junio, la aprobación de Orsi cayó al 20%, mientras que la desaprobación subió al 65%. Otro 12% ni aprueba ni desaprueba, y un 3% no opinó. El margen de error es de aproximadamente 3,4 puntos porcentuales con un nivel de confianza del 95%, suficiente para suavizar el filo pero no para cambiar el panorama.

El panorama es sombrío.

Mariana Pomiés, directora de CIFRA, dijo en Telemundo que “el presidente no está en un buen momento de evaluación” y que “apenas uno de cada cinco aprueba la gestión”. La firma recalcó que la caída no puede atribuirse solo a la controversia por la Hyundai Santa Fe utilizada por el presidente. Aun así, el momento importa. Esta fue la primera encuesta de CIFRA que captó plenamente el ánimo público tras el episodio del camión, y el daño parece haber pasado de la irritación a la identidad.

Desde febrero, la desaprobación de Orsi subió del 46% al 65%, un salto de 19 puntos. La aprobación cayó del 31% al 20%, una baja de 11 puntos. Las opiniones intermedias también disminuyeron, del 23% al 15%, cuando se incluyen las respuestas sin opinión en la comparación de junio. En términos políticos, eso significa que el centro blando se está endureciendo en su contra. La gente no solo está insegura. Está tomando partido, y la mayoría elige el descontento.

El presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. EFE/ Gastón Britos

Ahora los números son personales

El hallazgo más agudo de CIFRA no es solo que a los uruguayos no les gusta el desempeño del gobierno. Es que muchos están empezando a no gustarles Orsi como persona.

La encuesta encontró simpatía hacia el presidente en un 34%, mientras que la antipatía subió al 52%. En febrero, la relación era casi inversa: 51% sentía simpatía y 36% antipatía. El grupo intermedio apenas se movió, de 13% a 14%. Esa estabilidad es reveladora. Orsi no hizo que la gente dudara. Los perdió ante el rechazo.

Pomiés lo dijo claramente: “Su capital político siempre fue su buena imagen, pero hoy a la mitad no le gusta”.

Para un presidente cuyo atractivo dependía de la confianza, eso es peligroso. Un tecnócrata puede sobrevivir siendo frío si la economía funciona. Un hombre fuerte puede sobrevivir siendo antipático si lo sostiene el miedo o la lealtad. Un presidente de estilo vecinal necesita que el público crea que es fundamentalmente decente, incluso cuando sus políticas decepcionan. Una vez que ese calor se enfría, toda explicación suena a defensa.

El desglose por partido profundiza la advertencia. CIFRA encontró que menos de la mitad de los votantes del Frente Amplio aprueban la gestión del presidente, mientras que un tercio la desaprueba. Entre los votantes de la coalición, la desaprobación es casi unánime. Entre los menos politizados, aquellos que no dicen o no recuerdan cómo votaron, casi tres de cada cuatro desaprueban, mientras solo un 9% aprueba.

Ese último grupo puede ser el más importante. Uruguay es políticamente organizado, pero no histérico al estilo regional. Tiene partidos fuertes, altos hábitos cívicos y una cultura de paciencia institucional. Cuando los menos politizados se alejan de forma tan decidida, sugiere que algo se ha escapado del marco normal de gobierno-oposición. El problema no es solo derecha versus izquierda. Es credibilidad.

Orsi ya ha admitido su preocupación. En mayo, tras encuestas de Equipos Consultores y Factum que también mostraron deterioro, dijo a la prensa que la opinión pública debía tomarse en serio. “Si hay gente que no está muy satisfecha, es porque algo no está saliendo bien”, afirmó. Llamó a la luz de advertencia “naranja”, no amarilla, y dijo que el gobierno debía revisar sus acciones.

Eso fue antes de que la fotografía de junio de CIFRA hiciera que la advertencia se viera más roja.

El presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. EFE/Federico Gutiérrez

País pequeño, consecuencias grandes

El drama político de Uruguay puede parecer modesto desde afuera. No hay levantamientos masivos. No hay pánico cambiario. No hay palacio presidencial bajo asedio. Una controversia por un camión, algunas malas encuestas y un presidente prometiendo analizar. Pero la escala de Uruguay es precisamente lo que hace que esta crisis sea tan íntima. En un país de unos 3,5 millones, la política circula por mesas familiares, sindicatos, grupos de WhatsApp, bares de esquina y la larga memoria de quién parecía honesto antes de llegar al poder.

La comparación histórica es severa. CIFRA dijo que el nivel de aprobación de Orsi está entre los más bajos registrados desde el inicio del siglo, superado solo por Jorge Batlle durante la crisis de 2002 y sus secuelas. Esa comparación debe manejarse con cuidado. Uruguay hoy no vive el colapso bancario, el contagio argentino y la angustia social que golpearon a Batlle. Pero ese es también el problema para Orsi. Ha llegado a niveles de crisis en las encuestas sin una crisis de igual magnitud.

Eso apunta a una crisis de expectativas.

El Frente Amplio volvió al gobierno con votantes que esperaban sensibilidad social, seriedad administrativa y una corrección tras años de gobierno de centroderecha. Orsi, de tono más moderado que algunos de los sectores más ruidosos de su coalición, parecía estar posicionado para gobernar como puente. Sin embargo, la decepción temprana se ha concentrado en el estilo, la comunicación y los símbolos. El episodio de la Hyundai Santa Fe importó porque tocó el nervio latinoamericano más antiguo: la sospecha de que los líderes predican austeridad para los demás y comodidad para sí mismos.

En Uruguay, esa sospecha cala especialmente hondo porque la mitología democrática del país se apoya en la sencillez republicana. El presidente ideal no debe parecer un caudillo ni un VIP. El auto, entonces, se volvió más que un vehículo. Se convirtió en un elemento escénico en una historia sobre la distancia.

Ahora llega la prueba presupuestaria. Orsi ha dicho que el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, presentará lineamientos para la Rendición de Cuentas y cambios en las transferencias sociales estatales. El presidente ha hablado de simplificar las transferencias, hacerlas más efectivas y aumentar algunas de ellas. Descartó subas de impuestos, diciendo que “no habrá aumento”, aunque expresó apoyo filosófico a un IVA personalizado pero admitió que el país no está listo.

El dilema político es evidente. Si ajusta el gasto, su propia base puede sentirse traicionada. Si amplía las transferencias sociales, los críticos fiscales lo acusarán de negación. Si comunica mal, el contenido puede importar menos que el ánimo. Con solo un 20% de aprobación, incluso una política sensata puede sonar a evasiva.

CIFRA dejó una puerta abierta. La firma señaló que la encuesta se realizó en un momento especialmente sensible y podría ser el punto más bajo del que Orsi se recupere si logra revertir los efectos de las acciones y comunicaciones que causaron la caída. “No es una tarea fácil”, concluyó el informe.

No, no lo es.

Para recuperarse, Orsi necesita más que una mejor explicación sobre un camión. Necesita restablecer el pacto que lo hizo creíble desde el principio: cercanía, sobriedad y competencia. Los uruguayos pueden perdonar errores. Son menos propensos a perdonar a un presidente que parece no entender por qué el error dolió.

El país no solo está juzgando a un gobierno. Está juzgando si el hombre que creía conocer sigue siendo reconocible desde el otro lado del poder.

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