El Mundial en México comienza mientras las familias de desaparecidos reescriben el marcador
Mientras México daba la bienvenida al Mundial 2026, las familias de los desaparecidos convirtieron la celebración en denuncia, marchando hacia el estadio con velas, camisetas y carteles para preguntar por qué una nación puede movilizarse más rápido por el fútbol que para buscar a los desaparecidos.
Una fiesta se encuentra con sus fantasmas
La noche antes del partido inaugural, la Ciudad de México parecía dos países compartiendo la misma calle.
Un país vestía camisetas verdes y perseguía la fiebre del Mundial de la FIFA. El otro llevaba rostros impresos en playeras, pancartas, cartón y memoria. Avanzaban por Calzada de Tlalpan rumbo al Estadio de la Ciudad de México, aún conocido en el imaginario popular como el Azteca, intentando empujar la crisis de desapariciones de México al cuadro televisivo más brillante del planeta.
Según EFE, miles de manifestantes fueron contenidos la noche del miércoles por un fuerte operativo policial mientras intentaban llegar al estadio donde se realizaría la inauguración del torneo. Familias de varios estados mexicanos, muchas vinculadas a colectivos de “madres buscadoras”, viajaron a la capital para una vigilia y marcha con velas. Querían que el mundo viera el país detrás de la fiesta: más de 133,000 personas oficialmente registradas como desaparecidas o no localizadas, según el registro nacional de México, que cuenta casos desde la década de 1950.
La marcha comenzó de manera pacífica, reportó EFE, con familiares vistiendo camisas blancas o camisetas de la selección mexicana impresas con fotografías de sus seres queridos. Algunos llevaban imágenes del Mundial, incluyendo réplicas del trofeo de la FIFA. Otros sostenían carteles que cortaban la celebración con una frase brutal: “El balón vuelve a casa, ¿pero cuándo volverán nuestros desaparecidos?”
Cuando la multitud llegó a las vallas policiales, autobuses y filas de agentes bloqueaban el paso. Las familias no llegaron al estadio. Realizaron su vigilia frente al cordón de seguridad.
Esa imagen puede perdurar más que la ceremonia de apertura.

Los números se niegan a obedecer
El Estado mexicano suele explicar las desapariciones como consecuencia de la violencia de los cárteles, gran parte ligada a la guerra militarizada contra las drogas lanzada bajo el expresidente Felipe Calderón a finales de los 2000. El gobierno dice que encontrar a los desaparecidos es una prioridad nacional. Pero las familias en las calles viven con otro calendario, uno medido no en administraciones ni anuncios de políticas, sino en cumpleaños sin cuerpos, citas forenses, fosas anónimas y brigadas de búsqueda que entran a terrenos peligrosos con picos, palas y oración.
La cifra en sí, más de 133,000, es casi demasiado grande para el duelo cotidiano. Ese es parte del problema. Una sola desaparición rompe el sentido del tiempo de una familia. Decenas de miles crean una niebla nacional. Los casos se acumulan en registros, fiscalías y rezagos forenses hasta que la magnitud se vuelve un escudo. Cuanto más crece la cifra, más fácil es para el poder hablar en abstracciones.
Las familias rechazan la abstracción. “Queremos que el mundo sepa que tenemos muchos desaparecidos y que los recursos se invierten en otras cosas mientras los casos de nuestros desaparecidos no se resuelven”, dijo a EFE Ana Lucía Gasca, madre de Ricardo Arturo Lagunes Gasca, desaparecido desde 2023.
Cerca de ahí, Tranquilina Hernández, madre de Mireya Montiel Hernández, desaparecida desde 2014, hizo el contraste aún más claro. “No pueden tapar el sol con un dedo trayendo un Mundial cuando no hay presupuesto para las búsquedas de nuestros seres queridos”, dijo a EFE antes de la marcha.
Esa frase pertenece al viejo vocabulario político de América Latina, el lenguaje de quienes saben que el espectáculo y la herida suelen convivir. Los gobiernos pavimentan rutas, limpian fachadas y refuerzan corredores de seguridad para eventos globales. A los pobres, los dolientes y los incómodos se les espera que se hagan a un lado para la cámara.
Pero los desaparecidos de México ya no se hacen a un lado tan fácilmente.
Alrededor del Ángel de la Independencia, uno de los monumentos más simbólicos de la capital, turistas tomaban fotos. Al mismo tiempo, una artista bailaba al ritmo del himno del Mundial de Shakira y Burna Boy. Detrás de ellos, alguien había tachado la palabra “héroes” en la placa de piedra del monumento y la reemplazó por “desaparecidos”. El mensaje no era sutil. En el México de hoy, el heroísmo no está solo en la cancha o en el bronce. Está en la madre que sigue buscando cuando el expediente deja de moverse.

Latinoamérica mira el estadio
La protesta tiene un significado regional porque México no es el único que expresa alegría a pesar de la emergencia. América Latina lleva mucho tiempo siendo llamada a mostrar belleza al mundo mientras gestiona el duelo en casa. Mundiales, carnavales, cumbres y megaeventos pueden traer inversión, turismo y orgullo nacional. También revelan la jerarquía de las urgencias.
La acusación de las familias no era simplemente que el fútbol recibiera atención. El fútbol no es el enemigo. En América Latina, el fútbol es memoria, barrio, escape, discusión, herencia y trabajo. El señalamiento más profundo es que el Estado puede coordinarse cuando quiere. Puede desplegar agentes, proteger extranjeros, asegurar rutas al estadio, manejar la imagen y marcar distancias.
“Hoy el Estado nos muestra que sí tiene policías para encontrar a los desaparecidos, pero decide proteger a los extranjeros”, dijo la madre buscadora Jaqueline Palmeros a través de un megáfono, según EFE.
Más tarde, algunos familiares intentaron saltar las vallas y los autobuses mientras en la calle se escuchaban gritos de “Estado represor”. Hernández defendió el estallido. “Creo que estamos en todo nuestro derecho de sacar toda nuestra frustración, tanto dolor y tanta angustia”, dijo a EFE.
Sí hubo enojo. Pero también hubo ritual. Un sacerdote que encabezaba la vigilia pidió que su “rabia digna” fuera mayor que su adversario institucional. Luego, frente a los agentes, las familias cantaron una y otra vez: “Sé mi luz, la que alumbra mi noche.”
Esto es lo que hace la desaparición forzada. Convierte a ciudadanos en investigadores, a madres en cartógrafas, a rutas de estadio en altares. Hace que la inauguración de un Mundial se sienta menos como un comienzo y más como una prueba.
El Comité de la ONU contra las Desapariciones Forzadas ha buscado llevar la crisis de México ante la Asamblea General, considerando el patrón como “crímenes de lesa humanidad”, una caracterización que el gobierno mexicano ha rechazado repetidamente. Esa disputa importa, pero las familias ya han llegado a su propio veredicto.
No piden lástima. Piden equipos de búsqueda, fiscales, presupuesto, identificación y verdad. Preguntan por qué un país puede hacer espacio para el mundo, pero no para sus desaparecidos.
El día de la inauguración, el balón volvió a casa en México. También la pregunta.
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