La apuesta constitucional en Colombia se desvanece mientras la segunda vuelta se convierte en una guerra de identidades
El fallido impulso de Colombia por una asamblea constituyente ha transformado la segunda vuelta presidencial en un referendo sobre el miedo, la reforma y la confianza democrática, dejando al descubierto un país dividido entre las promesas inconclusas de Petro y un outsider de ultraderecha que promete orden a través de la ruptura y la fuerza.
La reforma que no sobrevivió al voto
La propuesta no murió con estrépito. Fue retirada con un lenguaje táctico, casi cortés, como si la temperatura política de Colombia simplemente se hubiera vuelto demasiado alta para una cirugía constitucional.
El jueves, el Comité Promotor de la Asamblea Nacional Constituyente anunció que detenía la recolección de firmas y retiraba su impulso para convocar un órgano que pudiera reescribir o reformar la Constitución colombiana. El grupo afirmó que el momento requería otra prioridad: construir alianzas de cara a la segunda vuelta presidencial del 21 de junio.
Esa decisión representó un duro revés para el presidente Gustavo Petro, quien había hecho de la asamblea constituyente una de sus principales apuestas políticas en el tramo final de su mandato. El 1 de mayo, Petro llamó a conformar comités en todo el país para recolectar al menos 2,5 millones de firmas, suficientes para llevar la propuesta al Congreso. Fue un movimiento audaz y arriesgado. En Colombia, el lenguaje constitucional nunca llega limpio. Trae consigo el recuerdo de la Constitución de 1991, el proceso de paz, la violencia del narcotráfico, el colapso institucional y el sueño de que la ley misma podría reparar una república rota.
Petro argumentó en X que el propósito de la asamblea era mejorar las condiciones de vida y finalmente garantizar derechos ya consagrados en la carta de 1991. Salud, pensiones, servicios públicos, minería y educación formaban parte de su argumento. Sus reformas se habían estancado en el Congreso. La asamblea se presentó como una vía para sortear la parálisis.
Pero la política colombiana escuchó otra cosa. Partidos de oposición, expertos legales y movimientos rivales advirtieron que abrir un proceso constituyente en un país polarizado no era una solución. Era peligroso. Algunos acusaron a Petro de intentar reabrir la puerta a la reelección presidencial, abolida en 2015, para poder postularse nuevamente en 2030.
Fuera ese temor estratégico o sincero, funcionó. La asamblea se volvió demasiado pesada para que Iván Cepeda, heredero de izquierda de Petro, la llevara a la segunda vuelta.

Un país partido casi por la mitad
Cepeda no había rechazado del todo la idea. Dos días antes de la primera vuelta, dijo a EFE en una entrevista que una asamblea constituyente podría ser posible si surgía de un “acuerdo nacional” que involucrara a empresarios, partidos, movimientos sociales y otros sectores. “Si al final de ese diálogo se decide convocar una asamblea constituyente, ¿por qué no hacerlo?”, preguntó en ese momento.
Ahora esa frase se lee diferente. Menos como una muestra de confianza. Más como una advertencia de cuán rápido una idea puede convertirse en un lastre.
Cepeda obtuvo 9.703.921 votos en las elecciones del 31 de mayo. Abelardo De La Espriella, un abogado de ultraderecha y outsider sin estructura partidaria tradicional detrás, consiguió 10.366.143. En términos porcentuales, según el conteo oficial preliminar citado en las notas, De La Espriella obtuvo el 43,7 por ciento frente al 40,9 por ciento de Cepeda. Es una diferencia lo suficientemente estrecha como para sentir que hay dos Colombias mirándose desde extremos opuestos de un puente angosto.
El centro colapsó bajo sus pies. La conservadora Paloma Valencia recibió solo el 6,9 por ciento, un resultado humillante para el establecimiento tradicional y otra señal de que la moderación ha perdido su música. Los votantes querían ruptura, no administración. Querían seguridad, justicia social, orden, castigo, dignidad, venganza y esperanza. No querían al viejo centro hablando con frases cuidadosas.
La promesa de De La Espriella es tajante: mega-cárceles, una reducción del 40 por ciento del Estado, valores educativos conservadores y mano dura contra grupos armados y el desorden. Cepeda ofrece la continuación del proyecto de izquierda centrado en la paz y la redistribución, basado en derechos civiles, reforma social y el legado del Pacto Histórico de Petro.
La segunda vuelta no es simplemente derecha contra izquierda. Es agotamiento contra agotamiento. Un lado está exhausto por la desigualdad, la exclusión y las promesas inconclusas de la transición posconflicto en Colombia. El otro está exhausto por la inseguridad, la confrontación institucional y el estilo de gobierno de Petro. Ambos creen que el país se está perdiendo. Solo discrepan sobre quién lo está perdiendo.

Latinoamérica observa la caída del centro
Lo que vive hoy Colombia forma parte de un patrón latinoamericano más amplio. El centro no solo está perdiendo elecciones. Está perdiendo credibilidad emocional.
En toda la región, los ciudadanos castigan cada vez más a los tecnócratas que piden paciencia. Premian a los candidatos que suenan como salidas de emergencia. En Argentina, El Salvador, Perú, Chile, Brasil y ahora en el ambiente de segunda vuelta de Colombia, los votantes han demostrado que el lenguaje institucional puede sentirse vacío cuando la vida diaria está marcada por el miedo, la deuda, el crimen, el desempleo o la desconfianza.
El caso colombiano es más agudo porque llega después de 2016, cuando el acuerdo de paz con las FARC prometió una transición gradual hacia un país posconflicto. Ese tránsito sigue incompleto. La violencia mutó. Los grupos armados se fragmentaron. Los territorios rurales siguieron en disputa. Las ciudades absorbieron la ansiedad. La vieja guerra no terminó tanto como cambió de disfraz.
Por eso el ascenso de De La Espriella importa más allá de Colombia. Su atractivo no es solo ideológico. Es teatral, punitivo y anti-establishment. Les dice a los ciudadanos que el Estado ha sido demasiado blando, demasiado grande, demasiado capturado, demasiado cortés. El atractivo de Cepeda tampoco es meramente ideológico. Les dice a millones que la violencia del país no se resuelve solo con cárceles, que la desigualdad y la exclusión también son problemas de seguridad.
Analistas citados en las notas sostienen que los contrapesos institucionales siguen siendo lo suficientemente fuertes como para evitar un colapso democrático, gane quien gane. Eso es importante. Las cortes, las instituciones electorales, el banco central y el Congreso de Colombia han frenado a presidentes antes. Probablemente lo harán de nuevo. Pero los contrapesos no son gobernabilidad. Pueden evitar un choque. No pueden construir consensos.
El problema económico es igual de implacable. Colombia necesita una consolidación fiscal de aproximadamente tres puntos del PIB, según el análisis citado. Eso requiere disciplina, credibilidad y negociación. Pero la polarización hace que cada reforma se sienta como una rendición. Los inversionistas se inquietan. Los movimientos sociales se movilizan. El Congreso bloquea. La presidencia grita.
En ese contexto, abandonar la asamblea constituyente no fue solo una maniobra de campaña. Fue admitir que la imaginación constitucional de Colombia, antes fuente de renovación democrática, se ha vuelto políticamente radioactiva.
Para América Latina, la lección es incómoda. Las constituciones importan, pero no pueden sustituir la confianza. Los acuerdos de paz importan, pero no sobreviven sin seguridad. Los mercados importan, pero no pueden gobernar sociedades que se sienten abandonadas. Y los outsiders surgen cuando los ciudadanos deciden que los de adentro aprendieron a hablar sin escuchar.
Colombia se acerca ahora a la segunda vuelta con una asamblea retirada, una izquierda magullada, una derecha enardecida y un centro que apenas dejó huella. El próximo presidente heredará más que un mandato. Heredará un país donde casi la mitad de los votantes puede ver el resultado no como una derrota, sino como una advertencia.
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