Las negociaciones sobre Cuba ponen a prueba a Washington mientras los presos se convierten en la moneda más dura de la democracia
Mientras Washington y La Habana se preparan para una nueva negociación, los grupos de derechos humanos cubanos advierten que los presos políticos, el hambre en las cárceles y las libertades básicas no pueden ser moneda de cambio silenciosa. La crisis de la isla no es una nota al pie. Es la prueba de la memoria democrática, el poder de negociación y la dignidad de América Latina.
Los presos en el centro
La pregunta que pesa sobre cualquier nueva conversación entre Estados Unidos y Cuba no es solo diplomática. Es humana, inmediata y está encerrada tras las puertas de las prisiones.
Según entrevistas de EFE con las principales organizaciones que monitorean a Cuba, los derechos humanos, y especialmente el destino de los presos políticos, deben estar en el centro de cualquier diálogo bilateral. No junto a la migración. No por debajo de las sanciones. No después de la seguridad. En el centro.
Johanna Cilano, investigadora de Amnistía Internacional para el Caribe, dijo a EFE que cualquier diálogo debe poner “los derechos humanos y las necesidades humanitarias de todas las personas en Cuba” en el centro, sin discriminación. Para Amnistía, afirmó, los derechos son “innegociables”, y el futuro de Cuba debe incluir rendición de cuentas, justicia y reparación para quienes viven bajo represión, escasez y falta de libertades básicas.
Javier Larrondo, presidente de Prisoners Defenders, lo expresó de forma más tajante. Los derechos humanos, dijo a EFE, “no son un asunto opcional” si se busca que un país resurja “de sus cenizas”. Ninguna economía, ningún plan de seguridad, ninguna normalización puede ser duradera, argumentó, sin una sociedad más libre y democrática.
Ese es el corazón moral de la historia. Pero también es el estratégico. La crisis de Cuba no es solo un enfrentamiento entre La Habana y Washington. Es una advertencia latinoamericana sobre lo que ocurre cuando los sistemas políticos pierden su capacidad de corregirse, cuando los tribunales se convierten en instrumentos, cuando el hambre se vuelve rutina y cuando las cárceles se usan para gestionar la disidencia.
Las cifras son discutidas, pero el patrón no. Prisoners Defenders afirma que abril terminó con 1,260 presos políticos en Cuba. Justicia 11J sitúa la cifra en torno a 800 y dice haber confirmado ocho muertes en prisión desde 2023 entre personas encarceladas por motivos políticos. Esas cifras difieren porque las organizaciones cuentan los casos con diferentes métodos y criterios. Pero ambas señalan la misma arquitectura: castigo por expresión, asociación y protesta pacífica.
Camila Rodríguez, directora de Justicia 11J, dijo a EFE que la situación sigue siendo “profundamente preocupante”. Las liberaciones recientes, advirtió, no resuelven el problema de fondo. La estructura, señaló, permanece intacta.

Cuando el hambre se convierte en política
El tema carcelario no puede separarse del colapso general de la vida cotidiana en Cuba. La imagen es ahora familiar y devastadora: personas buscando en la basura en La Habana, familias estirando las comidas, medicinas ausentes, electricidad inestable, jóvenes que se van, ancianos que esperan.
En ese escenario, el encarcelamiento político se convierte en algo más que un abuso legal. Se convierte en un mensaje. No organices el hambre. No narres la escasez. No conviertas el agotamiento privado en una demanda pública.
Rodríguez dijo a EFE que en Cuba todavía es posible terminar en prisión por ejercer derechos que deberían estar garantizados, incluyendo la libertad de expresión, asociación y reunión pacífica. Larrondo describió los derechos humanos como estando en su “peor momento”, con una represión descontrolada e indiscriminada. También describió un ambiente carcelario “dantesco” en el que muchos reclusos sufren desnutrición severa.
Aquí es donde el debate se vuelve políticamente incómodo. Amnistía Internacional también rechaza las medidas coercitivas externas que empeoran las condiciones de vida en la isla, dijo Cilano a EFE, en referencia a las medidas de presión de EE.UU., incluidas las restricciones al petróleo y las sanciones secundarias. Eso no exime al Estado cubano de la represión. Complica el terreno moral.
América Latina conoce bien esta trampa. Los gobiernos bajo presión suelen culpar a enemigos externos de los fracasos internos. Las potencias extranjeras, a su vez, suelen defender la presión como solidaridad con los oprimidos. Entre esos dos guiones está el ciudadano común, apretado por el Estado en casa y por la geopolítica desde fuera.
Los gobernantes cubanos han usado durante mucho tiempo la soberanía como escudo. Washington ha usado durante mucho tiempo la democracia como palanca. El peligro es que los presos se conviertan en moneda de cambio entre ambos lenguajes. Cilano advirtió a EFE que las personas encarceladas no pueden convertirse en fichas de negociación en acuerdos políticos, como ha ocurrido antes. Las liberaciones no pueden depender de la discreción, el favor o el momento internacional. Deben ser plenas, incondicionales y ligadas a garantías de que la persecución no simplemente continuará bajo otro nombre.
Ese punto importa para toda América Latina. La región ha visto amnistías sin verdad, transiciones sin justicia y reformas que solo abren la puerta el tiempo suficiente para que entren las cámaras. Un diálogo creíble sobre Cuba tendría que hacer más que producir una lista de nombres que salen de prisión. Necesitaría mecanismos, verificación y espacio para que la sociedad civil independiente hable sin miedo.

El espejo democrático de América Latina
Las organizaciones entrevistadas por EFE difieren en su visión sobre el compromiso de Washington. Larrondo cree que Estados Unidos está priorizando los derechos humanos y dice que la administración Trump hará todo lo posible para lograrlo. Rodríguez es menos optimista. Ve un riesgo real de que el tema sea relegado. Afirma que no percibe una presión sostenida y proporcional de Washington ante la negativa de La Habana a realizar cambios estructurales.
Ese desacuerdo refleja una fractura latinoamericana más amplia. Cuba sigue siendo un símbolo antes que un país. Para algunos, es resistencia a la dominación estadounidense. Para otros, es el museo del socialismo autoritario. Ambos enfoques pueden aplanar a las personas vivas dentro de la isla: los presos, madres, abogados, disidentes, enfermeras, estudiantes y exiliados cuyas vidas no encajan en la nostalgia de la Guerra Fría.
Rodríguez insiste en que la sociedad civil independiente y los grupos de derechos humanos deben formar parte de cualquier conversación creíble. Cualquier acuerdo, dijo a EFE, debe incluir la liberación plena e incondicional de los presos políticos, garantías de no repetición y un compromiso verificable con las libertades fundamentales.
Larrondo también dirigió su crítica hacia Europa, especialmente España, pidiendo presión pública y efectiva tras lo que describió como una década sin impacto práctico en los derechos humanos en Cuba. Su argumento es tajante: si a Washington se le acusa a menudo de instrumentalizar a Cuba, Europa a veces ha hecho lo contrario, prefiriendo la ambigüedad gestionada a la confrontación.
Para América Latina, Cuba no es solo una crisis insular. Es un espejo regional. Pregunta si la soberanía puede coexistir con la rendición de cuentas, si la justicia social puede sobrevivir sin libertad y si la diplomacia puede proteger a los seres humanos en vez de simplemente reubicarlos.
La respuesta no vendrá de una sola reunión. Vendrá de si la próxima negociación comienza con las personas que La Habana preferiría mantener invisibles. En Cuba, el futuro no es abstracto. Tiene nombres. Tiene números de prisión. Tiene familias esperando fuera de las rejas.
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