ECONOMÍA

La apuesta portuaria de Valparaíso pone a prueba, otra vez, el alma pacífica de la ciudad

La planeada expansión portuaria de Valparaíso, de 900 millones de dólares, promete empleos, cruceros y capacidad moderna de carga. Aun así, los residentes temen que las grúas sepulten las vistas al mar, debiliten el turismo y empujen al puerto más poético de Chile a convertirse en otro corredor logístico con sueños de la UNESCO desvanecidos.

Una ventana hacia el futuro

Desde la ventana de Manuel Selís, el Pacífico todavía parece una promesa. Se abre ancho y azul más allá de Valparaíso, más allá de los barcos y el aire salino, más allá de los muros remendados y las calles empinadas de una ciudad que siempre ha parecido inclinarse hacia el mar como si lo escuchara. Pero Selís ya no confía en la vista. Ha decidido vender su departamento antes de que el horizonte cambie.

“El valor agregado de este edificio se va a ir al suelo. Van a ampliar el rompeolas y colgar grúas y contenedores”, dijo Selís a EFE, describiendo un futuro en el que su vista se convierte en un muro de metal, movimiento y ruido. Lo que teme perder, dijo, es la “magia” de Valparaíso, la ciudad puerto que inspiró a Pablo Neruda y que los chilenos aún llaman Valpo con una ternura reservada para los lugares que se sienten heridos y amados al mismo tiempo.

Esa magia siempre ha sido desigual. Valparaíso no es una ciudad de postal en el sentido pulido. Su belleza es agrietada, improvisada, vertical. Las casas coloridas trepan los cerros. Viejos ascensores de madera y acero suben a los residentes por pendientes demasiado empinadas para la comodidad. Grafitis, óxido, cafés, marineros, perros callejeros, turistas, estudiantes y memoria comparten la misma geografía estrecha. Es bohemia porque ha tenido que sobrevivir a punta de invención.

Ahora la ciudad enfrenta otra prueba. La futura expansión del Puerto de Valparaíso, un proyecto en dos fases cuya primera etapa recibió aprobación ambiental en marzo tras más de 12 años de tramitación, ha dividido a residentes, hoteleros, operadores turísticos y autoridades. El plan contempla una inversión de 900 millones de dólares, un muelle para cruceros, un nuevo patio de contenedores y sitios de atraque extendidos. Los partidarios ven un rescate. Los críticos ven un borrado.

Fotografía de un buque de carga en el Puerto de Valparaíso el 17 de mayo de 2026, en Valparaíso, Chile. EFE/Adriana Thomasa

Contenedores contra el horizonte

El conflicto no es simplemente entre desarrollo y nostalgia. Es entre dos economías, ambas que afirman mantener vivo a Valparaíso.

De un lado está el puerto, la razón original de existencia de la ciudad. Según la Universidad Andrés Bello, la actividad portuaria actualmente genera 18.000 empleos directos e indirectos. La expansión permitiría al puerto mover alrededor de 2,3 millones de TEUs y más de 3,4 millones de toneladas de carga fraccionada al año. Se espera que cree 2.500 nuevos empleos. Para una ciudad que lucha contra el declive, esos números no son decoración. Son sueldos, contratos, turnos, rutas de camiones, comedores, uniformes y útiles escolares.

El proyecto también podría ayudar a que Valparaíso reciba más cruceros directamente. Hoy, muchos pasajeros desembarcan en San Antonio, el puerto más importante de Chile, y luego viajan unos 200 kilómetros por carretera hasta Valparaíso. En teoría, un muelle adecuado para cruceros podría acercar a los visitantes, captar más gasto y reconectar la identidad marítima de la ciudad con el turismo.

Pero los líderes del turismo no están convencidos. Patricio Veas, presidente de la Cámara de Comercio y Turismo de Valparaíso, dijo a EFE que la expansión “va a dañar directamente varios puntos estratégicos” y que “los turistas van a perder la vista directa al mar”. El impacto visual, agregó, se sumaría al “ruido generado por el movimiento de contenedores”.

Esa frase, vista directa al mar, pesa más en Valparaíso que en otros lugares. El mar no es solo paisaje. Es el argumento de la ciudad para sí misma. La gente sube los cerros por esa vista. Los hoteles la venden. Los restaurantes la enmarcan. Los artistas pintan alrededor de ella. Los residentes soportan decadencia, delincuencia, incendios, burocracia y abandono en parte porque el Pacífico aún aparece al final de un pasaje empinado.

Si los contenedores ocupan ese horizonte, la ciudad corre el riesgo de debilitar uno de sus pocos activos irremplazables. Un puerto puede modernizarse en muchos lugares. La mezcla exacta de cerro, mar, memoria portuaria y desorden urbano de Valparaíso no puede reconstruirse una vez que se aplana en logística.

Fotografía de un buque de carga saliendo del puerto de Valparaíso el 17 de mayo de 2026, en Valparaíso, Chile. EFE/Adriana Thomasa.

La vieja trampa del desarrollo en América Latina

La empresa estatal que administra el puerto insiste en que ha escuchado. Franco Gandolfo, gerente general de la Empresa Portuaria Valparaíso, dijo a EFE que la compañía sostuvo diálogos con distintos actores e hizo cambios “importantes” al diseño original para “combinar el atractivo patrimonial con la actividad portuaria que da vida a la ciudad”.

“Recibimos las dudas y miradas críticas que existían y redujimos el frente de atraque en casi 400 metros, que se convertirá en un nuevo paseo costero, una plaza y un nuevo mirador de la ciudad y la actividad portuaria”, señaló Gandolfo.

Esa concesión importa. Sugiere que la presión pública cambió el proyecto, al menos en el papel. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue sin resolverse: ¿quién decide qué tipo de ciudad será Valparaíso?

Esta es una pregunta tan latinoamericana como chilena. En toda la región, puertos, carreteras, minas, polos turísticos y proyectos energéticos suelen llegar con el lenguaje de la modernización. Prometen empleos, inversión y competitividad global. Las comunidades responden con preocupaciones más antiguas: vista, memoria, ruido, desplazamiento, vida de barrio, riesgo ambiental y supervivencia cultural. Demasiado a menudo, las autoridades tratan esas preocupaciones como obstáculos sentimentales en vez de hechos económicos.

Valparaíso es especialmente simbólica porque es una ciudad Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO que lucha por mantener ese estatus mientras intenta escapar del declive. El patrimonio puede ser una bendición y una jaula. Atrae turistas y prestigio internacional, pero no repara automáticamente viviendas, financia escuelas, controla la delincuencia ni crea empleo estable. Una ciudad no puede vivir solo de la memoria. Pero si sacrifica la memoria demasiado barato, se vuelve reemplazable.

El dilema de Chile en Valparaíso refleja una contradicción latinoamericana más amplia. La región quiere infraestructura capaz de competir en mercados globales, pero también carga ciudades construidas sobre frágiles capas de historia, migración, trabajo y pérdida. Los puertos no son solo máquinas para la carga. Son paisajes sociales. Definen quién trabaja, quién duerme, quién gana, quién ve el mar y quién escucha la maquinaria de noche.

La verdadera prueba, entonces, no es si Valparaíso se expande. Es si Chile puede construir sin repetir el viejo hábito de pedir a la gente común que absorba los costos de la ambición nacional. Que Selís venda su departamento no es una anécdota menor. Es una advertencia temprana desde la ventana. Cuando los residentes empiezan a irse antes de que lleguen las grúas, la ciudad ya está cambiando.

Valparaíso ha sobrevivido terremotos, incendios, abandono y el lento desvanecimiento de su época dorada. Puede que sobreviva esto también. Pero sobrevivir no es lo mismo que dignidad. Si el nuevo puerto trae empleos mientras sepulta el alma de la ciudad detrás de contenedores, Chile habrá ganado capacidad y perdido algo más difícil de contar. Y en América Latina, lo más difícil de contar suele ser lo primero en desaparecer.

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