Honduras ve desaparecer Cedeño mientras la injusticia climática global llega a sus costas
En la costa pacífica de Honduras, Cedeño ha perdido casas, calles, negocios y edificios tras tres décadas de erosión. Los residentes ya no se preguntan si deben mudarse. Exigen que la reubicación preserve la comunidad, los medios de vida, la memoria y la dignidad antes de que la marea decida.
El mar ya trazó el nuevo mapa
En Cedeño, la gente señala hacia el agua para mostrar dónde solía estar la vida. Delmis Yanira Amaya, de 40 años, contó a EFE que su casa estaba a 100 metros de la orilla actual, donde hoy nadan los niños. Una marejada la destruyó hace cinco años. No tiene dónde reconstruir tierra adentro.
Sandra Reyes ha perdido tres casas. “Las marejadas se han tragado Cedeño”, dijo a EFE, describiendo nueve barrios que luchan por una reubicación digna y justa. Sus palabras transmiten el cansancio de reconstruir, observar y volver a reconstruir, con cada vez menos espacio entre la puerta y el Pacífico.
La línea costera retrocedió aproximadamente 135 metros entre 2004 y 2026, según el informe de Amnistía Internacional “Honduras: Cedeño no desaparece, se reubica y permanece”. Eso promedia 6,13 metros al año. Pero los promedios suavizan la catástrofe. El océano no se lleva seis metros exactos cada diciembre. Espera, embiste y arrasa con una calle, una cocina o un ingreso en una sola noche.
En tres décadas, cientos de personas han sido evacuadas. Hoteles, negocios de comida, casas, una escuela, un centro de salud, una cancha de fútbol e infraestructura frente al mar han desaparecido. Para una aldea de 5.000 habitantes en Choluteca, en el Golfo de Fonseca, estas no son pérdidas aisladas de propiedad. Desmantelan la economía local y reducen el espacio público.
Cuando desaparece un centro de salud, el acceso a la atención se vuelve más difícil. Cuando se pierde una escuela, los niños absorben el costo en viajes y rutinas interrumpidas. Cuando colapsan restaurantes y hoteles, las familias pierden edificios y clientes. La erosión costera conduce al desempleo, la inseguridad alimentaria y la deuda. Convierte la geografía en una factura doméstica.

Reubicarse es más que mover casas
José Luis Medrano, pescador artesanal de 62 años, recuerda haber construido su primera casa tras casarse a los 20. El mar se llevó el terreno. “Aquí había una calle”, contó a EFE mientras mostraba los daños en el lugar donde guarda sus implementos de pesca. “El mar ya se la comió”.
Una segunda casa, que le regalaron unos turistas y que habitó unos ocho años, también desapareció. No dañada. Desaparecida. Su historia explica por qué el consejo oficial de mudarse puede sonar cruelmente incompleto. El sustento de Medrano sigue atado al agua, incluso cuando ésta destruye las condiciones que hacen posible el trabajo y la vida familiar.
Amaya trabaja en turismo. Medrano pesca. Su necesidad de seguridad es inseparable del acceso a la costa. Reubicar familias a kilómetros tierra adentro sin transporte, títulos legales de propiedad, escuelas, agua, servicios de salud y rutas de regreso a la pesca o el turismo sería cambiar la exposición climática por el abandono económico.
Esa es la demanda central de la Mesa de Justicia Climática de Cedeño, formada hace tres años por organizaciones locales. Los residentes no piden ser dispersados en proyectos habitacionales anónimos. Quieren seguir siendo una comunidad. La distinción importa en toda América Latina, donde el desplazamiento a menudo se ha gestionado como un problema logístico en vez de vivirse como la pérdida de vecinos, medios de vida, rituales y voz política.
El gobierno del presidente Nasry Asfura ha creado recientemente un grupo de trabajo interinstitucional, coordinado por la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco), para trabajar con los representantes de Cedeño. Es una apertura necesaria. También llega tras décadas de pérdidas visibles, lo que plantea la pregunta más difícil de por qué el Estado necesitó años de organización antes de tratar una emergencia que avanza lentamente como una verdadera emergencia.
Honduras ha gestionado históricamente los desastres mediante evacuaciones y ayuda. Cedeño expone el límite de ese modelo. A una tormenta se le puede responder con albergues y paquetes de alimentos. Una línea costera que avanza tierra adentro año tras año exige política de tierras, financiamiento de vivienda, infraestructura, planificación de medios de vida y plazos vinculantes. Requiere que el gobierno actúe antes de que se tome la próxima fotografía de escombros.

Una deuda climática con dirección humana
Ana Piquer, directora para las Américas de Amnistía Internacional, dijo que la crisis refleja años de inacción climática tanto de Honduras como de la comunidad internacional. Las consecuencias, argumentó, ahora amenazan los derechos al agua, la alimentación, la vivienda y una vida digna. La frase “comunidad internacional” puede sonar lejana en Tegucigalpa. En Cedeño, tiene una dirección.
Honduras aporta poco a las fuerzas que impulsan el calentamiento global en comparación con las economías industriales ricas, pero comunidades como Cedeño sufren el daño a través de la pérdida de tierras y la reconstrucción repetida. Ese desequilibrio es el núcleo de la justicia climática. La responsabilidad es global, pero la factura llega localmente, casi siempre a hogares con menos ahorros, seguros y poder político.
Aun así, culpar al mundo no excusa la parálisis nacional. La vulnerabilidad climática se convierte en desastre por la débil planificación, la inversión tardía, la tenencia de tierras insegura y las instituciones que solo responden después de que los residentes ejercen presión. El Estado no puede detener al Pacífico, pero sí puede decidir si la reubicación será ordenada o desesperada, participativa o impuesta.
El dato más importante no son los 135 metros. Son las tres casas perdidas de Reyes, las dos de Medrano y la de Amaya, desaparecida bajo los niños que juegan. Juntas, muestran que Cedeño ya ha estado financiando la adaptación climática de forma privada, una vivienda destruida a la vez.
Ahora sus habitantes piden algo más serio que un rescate. Quieren un lugar seguro que mantenga el trabajo, la familia y la comunidad al alcance. El futuro de Cedeño no debería medirse por si la gente sobrevive a la próxima marejada. Debería medirse por si pueden mudarse una vez, reconstruir una vez y permanecer juntos.
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