AMÉRICAS

Los fantasmas de la Guerra del Chaco enseñan a Bolivia y Paraguay que la paz aún vale la pena

Bolivia conmemoró 91 años desde el fin de la Guerra del Chaco honrando a los caídos de ambas naciones. Sin embargo, la ceremonia también reabrió las viejas preguntas de América Latina sobre el petróleo, las fronteras, la soberanía y si la paz puede perdurar más que las industrias que alguna vez hicieron rentable la guerra.

Un saludo sobre viejas heridas

Los cadetes marcharon en La Paz con el ritmo pulido de un país que intenta recordar sin volver a abrir la tumba. El domingo, las Fuerzas Armadas de Bolivia rindieron homenaje a los caídos de la Guerra del Chaco, el brutal conflicto de 1932 a 1935 con Paraguay, y el gobierno eligió un lenguaje pocas veces disponible para naciones que sangraron tan profundamente: respeto, cooperación, amistad.

“Bolivia y Paraguay han demostrado que es posible transformar una historia marcada por la confrontación en una relación basada en el respeto mutuo, la cooperación y la amistad”, dijo el ministro de Defensa Ernesto Justiniano en un mensaje leído por el general Víctor Hugo Balderrama, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, según EFE.

Justiniano, quien asumió el cargo el 3 de junio tras la renuncia de Marcelo Salinas, no asistió debido a lo que los militares describieron como una agenda recargada. Aun así, su mensaje llevó el peso ceremonial del día. Noventa y un años después de que callaron las armas, dijo, la mayor lección de la guerra es que “la paz siempre será más valiosa que el conflicto”. Ese entendimiento es el camino más seguro hacia la prosperidad, la estabilidad y el desarrollo.

Era el tipo de frase que suele escucharse en los memoriales. Pero en Bolivia y Paraguay, resuena de otra manera. La Guerra del Chaco no fue solo una guerra de fronteras. Fue una guerra de sed, barro, malaria, polvo, sueños petroleros, humillación nacional e intereses extranjeros. Los historiadores estiman que murieron unos 50,000 bolivianos y 40,000 paraguayos, convirtiéndola en la mayor guerra de Sudamérica en el siglo XX. Esa cifra no es solo historia militar. Es memoria demográfica. Es la ausencia de abuelos, el silencio en los hogares rurales, la vieja fotografía en un cajón.

La guerra terminó tras la firma del Protocolo de Paz en Buenos Aires el 12 de junio de 1935. El alto al fuego llegó dos días después. Paraguay finalmente conservó aproximadamente el 75 por ciento del disputado Chaco Boreal. Al mismo tiempo, Bolivia retuvo el resto y obtuvo el tan ansiado acceso al río Paraguay. El acuerdo territorial definitivo no se firmaría hasta 2009, cuando los presidentes Evo Morales y Fernando Lugo cerraron el capítulo legal en Buenos Aires, 74 años después de que cesaron los combates.

Fuerte Garrapatal (Fuerte Teniente Primero Ramiro Espínola), Chaco, Paraguay. Wikimedia Commons

El desierto que se tragó naciones

El Gran Chaco nunca estuvo vacío, aunque a los gobiernos les gustaba describirlo así. Pueblos indígenas, bosques, ríos y calor existían mucho antes de las fronteras nacionales. Pero para las jóvenes repúblicas de Bolivia y Paraguay, el Chaco Boreal se volvió una obsesión con forma de mapa: unos 600,000 kilómetros cuadrados al norte del río Pilcomayo, poco explorados por funcionarios estatales e imaginados como destino.

Para Bolivia, aún marcada por la pérdida de su litoral pacífico ante Chile en la Guerra del Pacífico, el Chaco parecía ofrecer otra salida al exterior. Los ríos Pilcomayo y Paraguay sugerían redención comercial, una manera de respirar hacia el Atlántico. Para Paraguay, ya devastado en el siglo XIX por la Guerra de la Triple Alianza, el Chaco no era una abstracción. Representaba más de la mitad de su territorio y servía de amortiguador ante una mayor reducción nacional.

Luego llegó el olor más profundo bajo el polvo: el petróleo. Los registros históricos apuntan a las concesiones de Standard Oil en Bolivia en la década de 1920 y a la rivalidad más amplia con intereses vinculados a los británicos en torno al Río de la Plata. El estaño, el antimonio y el financiamiento extranjero también formaban parte del trasfondo. América Latina conoce bien este patrón. Se descubre o imagina un recurso, los mapas se endurecen, los ejércitos se modernizan, las empresas extranjeras susurran y los campesinos locales son enviados a morir por promesas que nunca serán suyas.

Bolivia entró en la guerra con un ejército moldeado en parte por la influencia alemana, incluida la misión de Hans Kundt, quien había entrenado oficiales y luego regresó para comandar. Paraguay depositó sus esperanzas en José Félix Estigarribia, quien comprendía el terreno y la importancia del movimiento ofensivo en un lugar donde el agua podía importar más que las balas. La toma de Boquerón en septiembre de 1932, la caída de Fortín Arce, la desastrosa derrota boliviana en Campo Vía en diciembre de 1933 y las posteriores victorias paraguayas hicieron del Chaco una escuela de logística. Los hombres morían no solo por fuego enemigo, sino por calor, agotamiento y sed.

Por eso el lenguaje de paz de la conmemoración no debe descartarse como simple rutina estatal. En el Chaco, la fantasía de la gloria territorial chocó con la necesidad más básica del cuerpo. Quien controlaba los pozos, a menudo controlaba la vida. La guerra desnudó el nacionalismo hasta su pregunta más dolorosa: ¿cuánto sufrimiento humano puede justificar un país en nombre de una frontera?

Armas de la Guerra del Chaco, de 1940. EFE/Andrés Cristaldo

Paz con memoria

El general Balderrama dijo que cada 14 de junio, las Fuerzas Armadas de Bolivia recuerdan el momento en 1935 cuando “el rugido de los cañones dio paso al silencio de la paz”, según EFE. También afirmó que la guerra unió a los bolivianos en defensa de la patria y dejó profundas lecciones sobre soberanía, unidad nacional y la paz como uno de los bienes más preciados que puede alcanzar una nación.

Esa frase, unidad nacional, merece atención. La Guerra del Chaco sí unió a Bolivia en el dolor, pero también expuso desigualdades dentro del país. Soldados indígenas y rurales lucharon en condiciones extremas por un Estado que a menudo les negaba la ciudadanía plena. En Paraguay, también, el sacrificio militar se volvió central en la identidad nacional, reforzando una historia de resistencia de un país que ya había sobrevivido a la catástrofe. Ambas naciones convirtieron la pérdida en patriotismo porque no les quedaba otra. De lo contrario, los muertos habrían sido insoportables.

Para América Latina hoy, el aniversario del Chaco no es solo sobre Bolivia y Paraguay. Es una advertencia para una región nuevamente rodeada de tentaciones extractivas. Litio en Bolivia y Argentina, petróleo en Guyana y Venezuela, cobre en Chile y Perú, soya y ganado en las regiones amazónica y chaqueña: la vieja ecuación sigue viva. La tierra, los recursos y el capital extranjero aún pueden desbordar el debate democrático. La diferencia es que el conflicto moderno no siempre se ve como trincheras y fuertes. Puede aparecer como destrucción ambiental, fronteras militarizadas, economías criminales, desplazamiento indígena o ruptura diplomática.

El mensaje de Justiniano de que los desafíos actuales requieren “unidad y no división”, según reportó EFE, por lo tanto, tiene un peso regional. La Guerra del Chaco demuestra que la paz no es sentimental. Es infraestructura. Es diplomacia, memoria, comercio, fronteras compartidas, contención militar y la humildad de saber que los mapas pueden convertirse en cementerios.

Bolivia y Paraguay han convertido un campo de batalla en una relación. Ese logro no debe romantizarse, porque se pagó a un precio espantoso. Pero debe ser estudiado. En un continente al que a menudo se le dice que su historia es solo inestabilidad, el Chaco ofrece una verdad más dura: América Latina ha conocido la guerra, ha aprendido de ella y, a veces, ha construido paz donde antes los intereses extranjeros y el orgullo herido empujaban a los jóvenes hacia la muerte.

Los cadetes marcharon, los discursos terminaron y la vieja guerra quedó donde siempre vive, a medio camino entre el archivo y la familia. Noventa y un años después, los cañones están en silencio. La pregunta es si la región puede seguir escuchando lo que cuesta ese silencio.

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