ANÁLISIS

Prueba diplomática en Centroamérica expone el punto ciego de Costa Rica ante Ortega

Las declaraciones de la presidenta de Costa Rica, Laura Fernández, sobre Nicaragua encendieron un debate regional sobre democracia, migración y pragmatismo diplomático, revelando cómo la represión de Daniel Ortega sigue moldeando el futuro de Centroamérica, desde la política fronteriza hasta las comunidades en el exilio y el frágil consenso de derechos humanos en América Latina.

Las palabras de un vecino, la herida de un exiliado

En Costa Rica, una frase sobre Nicaragua puede viajar más rápido que un eslogan de campaña. Cruza mesas de cocina en San José, buses llenos de trabajadores antes del amanecer, grupos de WhatsApp donde exiliados vigilan cada palabra del poder porque, en sus vidas, las palabras a menudo han precedido arrestos, papeles de exilio o silencio.

La presidenta Laura Fernández abrió esa herida con comentarios sobre el gobierno de Daniel Ortega que, según críticos, suavizaron la imagen de un régimen acusado de años de represión. La reacción llegó rápido, y no solo de opositores partidistas. Expresidentes, organizaciones de derechos humanos, exiliados nicaragüenses y defensores de migrantes escucharon en sus palabras algo más grande que un desliz diplomático. Oyeron reconocimiento, o al menos tolerancia, hacia un gobierno vecino que muchos de ellos llaman dictadura.

El expresidente costarricense Luis Guillermo Solís calificó las declaraciones de Fernández como “desafortunadas”, “muy graves” e incluso “inauditas”, diciendo a EFE que los abusos a los derechos humanos en Nicaragua han sido certificados por organismos independientes, incluyendo las Naciones Unidas. Señaló que la presidenta parecía ignorar o minimizar las condiciones políticas en Nicaragua, “pasando por alto la dictadura” sin reconocer lo que él llamó su naturaleza despótica, violenta y violadora de derechos.

Solís fue más allá. Hablando con EFE, dijo que el gobierno de Ortega ha perseguido, asesinado y torturado a opositores, cometido desapariciones y despojado de la ciudadanía a disidentes. Para un país como Costa Rica, que ha construido parte de su identidad nacional sobre la democracia civil, la diplomacia de paz y la ausencia de ejército, la acusación caló hondo. No se trataba simplemente de Nicaragua. Era sobre lo que Costa Rica cree ser.

Presidenta de Costa Rica, Laura Fernández. EFE/ Jeffrey Arguedas

La aritmética de la represión

El debate sobre los comentarios de Fernández se apoya en un cuerpo de hechos difícil de ignorar. Nicaragua está sumida en una crisis política y social desde abril de 2018, cuando las protestas contra el gobierno de Ortega fueron respondidas con represión. La crisis se profundizó tras las elecciones de 2021, cuando Ortega, ahora de 80 años y en el poder desde 2007, aseguró otro mandato con los principales rivales encarcelados, luego expulsados del país y despojados de su nacionalidad y derechos políticos tras acusaciones de conspiración y traición.

Las cifras citadas por la expresidenta costarricense Laura Chinchilla cuentan la historia en un resumen brutal: más de 350 asesinatos, más de 120 casos de desaparición forzada, más de 1,000 opositores detenidos, más de 5,000 organizaciones de la sociedad civil cerradas, decenas de universidades clausuradas y represión transnacional documentada, incluyendo el asesinato en territorio costarricense del oficial retirado y crítico de Ortega, Roberto Samcam.

Cifras como estas pueden insensibilizar al lector. Pero cada una marca la demolición de un ecosistema cívico. Cerrar 5,000 organizaciones no solo silencia a los grupos de derechos humanos. Debilita redes de mujeres, obras de caridad de la iglesia, asociaciones culturales, veedurías locales, espacios estudiantiles, clínicas comunitarias y esas pequeñas instituciones que hacen de una sociedad algo más que un gobierno y una fuerza policial. Decenas de universidades cerradas significan que una generación aprende que hasta el pensamiento puede ser desalojado.

Salvador Marenco, abogado del Colectivo Nicaragua Nunca Más, dijo a EFE que desde el regreso de Ortega al poder en 2007, los nicaragüenses han vivido bajo constantes restricciones a los derechos humanos, y que las elecciones desde 2008, tanto municipales como presidenciales, han sido fraudulentas. Señaló que los abusos, ya sistemáticos, se intensificaron después de 2018 hasta convertirse en crímenes de lesa humanidad, produciendo uno de los mayores exilios o desplazamientos en la historia del país.

Ese exilio vive en Costa Rica. Trabaja allí, estudia allí, llora allí, envía dinero a casa desde allí y teme que incluso allí, al otro lado de la frontera, el alcance de Ortega aún pueda encontrar nombres y direcciones. Por eso el lenguaje de Fernández se volvió tan explosivo. En Centroamérica, la diplomacia no es una actuación abstracta entre banderas. Es personal. Tiene recibos de alquiler, citas de asilo, remesas, familiares desaparecidos y funerales.

Expresidente de Costa Rica, Luis Guillermo Solís. EFE/ Mariano Macz

Pragmatismo con precio

Existe, por supuesto, un argumento de gobierno para la cautela. Costa Rica comparte preocupaciones geográficas, migratorias, comerciales y de seguridad con Nicaragua. Ningún presidente en San José puede fingir que Managua no existe. Las fronteras deben gestionarse. Las familias cruzan. Las empresas mueven mercancías. Los migrantes necesitan papeles. La policía necesita coordinación. La diplomacia a veces exige hablar con gobiernos que uno no invitaría a cenar en familia.

Pero la controversia muestra el peligro de confundir el contacto con la validación. El Servicio Jesuita para Migrantes en Costa Rica dijo que las declaraciones de Fernández contradijeron el consenso internacional ampliamente documentado y la realidad de miles de personas. Señaló que minimizar la crisis de Nicaragua no es neutralidad ni pragmatismo, sino una profunda contradicción con los principios costarricenses.

Esa distinción puede definir la próxima década política de Centroamérica. La región está siendo presionada por tres fuerzas a la vez: la consolidación autoritaria en Nicaragua, el populismo de seguridad que se expande de país en país y sistemas migratorios tensionados por la pobreza, la violencia y el exilio político. Los líderes venden cada vez más el orden como el valor supremo. Los ciudadanos, cansados del miedo, a menudo aceptan el trato. Pero Nicaragua muestra lo que ocurre cuando el orden se convierte en un argumento permanente contra los derechos.

Para América Latina, la disputa costarricense es un espejo regional. Gobiernos de izquierda y derecha a menudo han manejado a vecinos autoritarios según la conveniencia más que por principios. A los amigos ideológicos se les perdona. A los socios comerciales se les consiente. A los aliados de seguridad se les excusa. El resultado es un lenguaje de derechos humanos que se vuelve estridente en algunas capitales y tímido en otras.

La importancia de Costa Rica radica precisamente en su reputación. Ha tenido un peso mayor que su tamaño porque representa una idea cívica: democracia sin ejército, estabilidad sin culto al caudillo, diplomacia sin bravuconadas militarizadas. Si esa voz se suaviza hacia Ortega y Rosario Murillo, incluso en nombre del pragmatismo, el efecto va más allá de San José. Reduce el espacio moral disponible para los exiliados. Le dice a otros gobiernos que el cansancio puede reemplazar la claridad.

Los partidarios de Fernández pueden argumentar que la política regional requiere realismo. No están del todo equivocados. Pero el realismo que no puede nombrar la represión se convierte en otra cosa. Se convierte en acomodamiento. Y el acomodamiento, en Centroamérica, tiene una larga historia de pedir a las víctimas que esperen mientras los presidentes preservan la calma.

El futuro de Centroamérica no se decidirá solo por elecciones, acuerdos comerciales o cumbres. Se definirá por si las democracias defienden a quienes huyen del autoritarismo o simplemente los gestionan como un asunto fronterizo. Nicaragua está poniendo a prueba esa elección. Costa Rica, quiera o no ese papel, ahora responde públicamente.

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