Panamá enfrenta una crisis de acoso digital mientras las escuelas aprenden que el silencio también mata
Tras dos suicidios presuntamente vinculados al acoso escolar, Panamá enfrenta una crisis educativa largamente oculta por datos débiles, vergüenza familiar y crueldad digital, mientras activistas impulsan una ley más estricta que trata la seguridad estudiantil como un problema de salud pública, y no solo de disciplina en el aula.
Un país escucha a los niños
Lo primero que se rompió no fue la ley. Fue el silencio.
En Panamá, donde los uniformes escolares aún representan la promesa de orden y las familias suelen confiar en que las aulas son más seguras que la calle, las muertes de dos jóvenes este año han obligado a una pausa nacional. Uno era un adolescente de 14 años con autismo. El otro, un estudiante universitario de 18 años. Ambos fallecieron en marzo, los días 8 y 26, y se cree que ambos casos están relacionados con el acoso escolar, según la activista Irma Ruiz en declaraciones a EFE.
Ruiz, fundadora del programa “Somos Voz, No Silencio”, describió las muertes como el momento que “levantó la voz y abrió los ojos” de muchos panameños. Su frase encierra dolor, pero también acusación. Los niños ya venían hablando. Los adultos, las instituciones y una cultura acostumbrada a minimizar la crueldad como “cosas de niños” tardaron en escucharlos.
Panamá no cuenta con estadísticas nacionales confiables sobre el acoso escolar, un hecho que debería avergonzar a un país con la sofisticación económica de un centro bancario regional y el orgullo logístico del canal. Ante la falta de datos locales confiables, el programa de Ruiz se apoya en cifras de la Organización Global Contra el Bullying, que estimó que el 48.3 por ciento de los estudiantes en Panamá sufrió acoso en 2025.
Tras los dos casos fatales de este año, Ruiz afirmó que la proporción de estudiantes que sufren acoso subió a “8 de cada 10”. La cifra exacta requiere una verificación institucional más sólida, pero el mensaje político ya es claro. Panamá ya no discute crueldades aisladas. Está mirando un sistema que no supo contar el dolor hasta que el dolor se volvió fatal.
Las entrevistas y reportajes de EFE colocan el tema donde corresponde: no solo dentro de las escuelas, sino también en los hogares, ministerios, teléfonos, asambleas, clínicas y en las ansiedades privadas de niños que pueden estar rodeados de gente y aun así sentirse completamente solos.

Se destapa la olla de presión
Ruiz dijo a EFE que las dos muertes fueron el punto que “destapó la olla de presión”. Después, su programa comenzó a recibir llamadas de madres de víctimas, otros familiares y niños “que están sufriendo mucho”.
Esa imagen, una olla de presión, es dolorosamente precisa. El acoso en América Latina suele vivir bajo varias tapas a la vez. Está la tapa de la vergüenza, cuando las familias temen el estigma. La tapa de la jerarquía, cuando se espera que los niños aguanten. La tapa del machismo, cuando a los varones se les dice que deben endurecerse. La tapa de la conveniencia institucional, cuando las escuelas temen más el daño reputacional que el colapso emocional. Y ahora está la tapa digital, donde la humillación sigue a un estudiante hasta su casa, en el bolsillo.
El ciberacoso cambia la arquitectura del miedo. Un niño que antes sufría acoso en un pasillo al menos podía esperar una puerta, un viaje en bus, un dormitorio. Ahora el insulto viaja. La foto editada, el chat grupal, la nota de voz, el video burlón, la cuenta anónima. El día escolar ya no termina al sonar la campana.
La Dra. Zohra Abaakouk, asesora internacional en enfermedades no transmisibles y determinantes de la salud de la Organización Panamericana de la Salud en Panamá, dijo a EFE que el acoso escolar y el ciberacoso están entre los varios factores asociados al suicidio en jóvenes. También citó una alerta de la OPS sobre un estudio publicado en mayo que muestra que las tasas de suicidio entre personas de 10 a 24 años aumentaron un 38 por ciento en las Américas en las últimas dos décadas, con los incrementos más rápidos entre niñas y niños de 10 a 14 años.
Esas edades deberían detener a cualquier adulto a mitad de frase. De 10 a 14 años no es una estadística abstracta. Es un niño que en algunos hogares aún pierde dientes de leche, que todavía aprende a manejar la ira, la vergüenza, el deseo, la diferencia y la soledad. Es una edad en la que un insulto puede convertirse en un universo.
Las propias cifras de Panamá para 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Censo registraron cuatro suicidios entre niños de 10 a 14 años y 15 entre adolescentes de 15 a 19 años. Los datos no especifican las circunstancias. Esa ausencia importa. Sin contexto, la prevención es una apuesta a ciegas.
El nuevo debate en Panamá, por tanto, no es solo sobre castigo. Se trata de construir un Estado que pueda ver a los niños con claridad antes de que la tragedia obligue a hacerlo visible.

Una ley después del duelo
Ruiz y otros activistas trabajan junto a la diputada de la Asamblea Nacional Grace Hernández para impulsar una legislación más amplia contra el acoso escolar. Ya se han realizado sesiones técnicas en el Parlamento, incluida una el 25 de junio, que reunió a funcionarios gubernamentales, familias, empresas y a la madre del joven de 18 años que falleció en marzo, según EFE.
El enfoque propuesto es más amplio que las leyes actualmente vigentes. Ruiz dijo a EFE que las leyes existentes están siendo revisadas para ser reglamentadas y prevenir y erradicar el acoso y hostigamiento escolar en Panamá. Señaló que las reformas deben aportar “certeza de castigo”, mientras que la nueva ley también incluiría a empresas privadas como apoyo.
Ese componente del sector privado no es cosmético. La economía panameña depende de bancos, empresas logísticas, puertos, aseguradoras, comercios y plataformas digitales. Si el acoso ahora se mueve a través de dispositivos, los patrocinios, capacitaciones, campañas de salud mental, herramientas de denuncia y la responsabilidad corporativa no pueden quedar fuera de la conversación. Un país no puede pedir solo a las escuelas que resuelvan un problema que la sociedad fabrica.
Hernández ha dicho que la legislación debe ser integral y preventiva, estableciendo responsabilidades claras para todos los actores y priorizando la prevención sobre la reparación. Ese orden importa. Las instituciones latinoamericanas con demasiada frecuencia llegan después de la herida, con ceremonias, comunicados y un nuevo protocolo. La prevención es menos fotogénica. Requiere capacitar a docentes, financiar orientadores, educar a padres, proteger a estudiantes neurodivergentes, responder al abuso en línea y hacer que denunciar sea seguro.
Abaakouk dijo a EFE que la OPS considera el acoso y el ciberacoso un problema de salud pública. Llamó a los marcos legales fundamentales, pero subrayó que entornos seguros, protectores e inclusivos para niños y adolescentes son una responsabilidad social compartida.
Ese es el fondo del asunto. Panamá no solo necesita una ley con más fuerza. Necesita una corrección cultural. El hábito adulto de descartar la crueldad como formación de carácter se ha vuelto indefendible. También la creencia de que la salud mental debe quedarse tras puertas cerradas.
El país ahora enfrenta una elección. Puede tratar las muertes de marzo como terribles excepciones y volver a la rutina. O puede aceptar que los niños estaban advirtiendo a Panamá sobre una fractura mayor.
En una nación orgullosa de conectar océanos, el puente más urgente puede ser más pequeño y difícil: el que une el miedo de un niño con un adulto que lo cree a tiempo.
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