Colombia apuesta por De la Espriella mientras los mercados cuentan los pesos
El próximo presidente ultraderechista de Colombia, Abelardo de la Espriella, promete terapia de choque fiscal, resurgimiento petrolero y un milagro patriótico. Aun así, el país que hereda carga con una pesada deuda, inversión debilitada y una factura social demasiado grande para desaparecer.
Una victoria con calculadora
La mañana después de las elecciones, Colombia despertó con los mercados sonriendo y muchos hogares haciendo cuentas en silencio. El peso, las mesas de bonos, los analistas en torres de vidrio, los petroleros esperando permisos: todos leyeron la victoria de Abelardo de la Espriella como un giro brusco. No una corrección. Una ruptura.
El 7 de agosto, el abogado ultraderechista y líder del movimiento Defensores de la Patria asumirá el cargo, prometiendo lo que ha llamado una "patria milagro" y una "Colombia bendita" transformada. El lenguaje es devocional. El programa es más duro: ajuste fiscal drástico, un Estado más pequeño, reactivación de la producción de petróleo y gas, y una reversión total del modelo de gasto social de Gustavo Petro.
El mandato no es solo ideológico. Es aritmético. Según cifras del Ministerio de Hacienda citadas en los informes, la deuda neta del gobierno central alcanzó el 61,5 por ciento del PIB en el primer trimestre de 2025, frente al 54,1 por ciento un año antes. Eso es un salto de 7,4 puntos porcentuales en 12 meses, un aumento preocupante en un país donde los inversionistas aún recuerdan cuán rápido puede evaporarse la confianza.
José Manuel Restrepo, el vicepresidente electo y exministro de Hacienda, dijo a EFE durante la campaña que el déficit primario de Colombia se había multiplicado por más de diez en solo dos años, mientras que la deuda pública había crecido más del 50 por ciento en tres años y medio. La afirmación funciona políticamente como una acusación contra Petro. Económicamente, es una etiqueta de advertencia para el próximo gobierno.
ANIF, el centro de estudios económicos, ha calificado lo que De la Espriella heredará como una "bomba de tiempo fiscal". La reforma tributaria recomendada buscaría 30,2 billones de pesos, unos 8.770 millones de dólares, para cerrar el escenario fiscal de 2027 y volver a la regla fiscal. Esa cifra importa porque pincha la fantasía fácil de la austeridad. Recortar no basta. Colombia también podría necesitar recaudar más.
Ahí es donde la política empieza a morder. Un presidente elegido para achicar el Estado podría tener que pedirle al Congreso una reforma tributaria. Un movimiento construido sobre la furia contra el viejo orden podría tener que negociar con él. En América Latina, el mercado ama la disciplina hasta que la disciplina llega al precio del combustible, la medicina, la electricidad o la nómina.

La factura social llega a vencimiento
Jairo Libreros, profesor de la Universidad Externado de Colombia, dijo a EFE que probablemente De la Espriella se enfocará en "honrar las deudas" dejadas por el gobierno de Petro con empresas de salud y energía y en reconstruir el sistema de salud. Luego añadió la frase que podría definir los próximos cuatro años: "Los temas sociales van a quedar relegados en la lista de prioridades del gobierno de Abelardo de la Espriella."
Eso no es un pequeño cambio administrativo. Es un cambio en el centro moral del gobierno.
Petro construyó su presidencia alrededor de la idea de que la bolsa pública de Colombia debía inclinarse hacia la reparación social: salud, pensiones, subsidios, inclusión rural y la promesa largamente esperada de que el Estado finalmente llegaría a lugares donde los grupos armados, las iglesias, las remesas y los caciques locales habían llegado primero. De la Espriella representa el contraargumento: que el Estado ha gastado más allá de sus posibilidades, castigado la inversión, debilitado sectores estratégicos y reemplazado el crecimiento por la redistribución.
La pregunta no es si Colombia necesita orden fiscal. Lo necesita. Una relación deuda/PIB superior al 60 por ciento no es catastrófica según los estándares de los países ricos. Pero Colombia no es Estados Unidos ni Alemania. Se endeuda bajo otro cielo, con una moneda más expuesta a los vaivenes globales, calificaciones crediticias más sensibles al ruido político y una base tributaria reducida por la informalidad.
La pregunta más profunda es quién paga por el orden.
Si el nuevo gobierno retrasa pagos a programas sociales, endurece requisitos, recorta burocracias y empuja los servicios públicos hacia la eficiencia, las familias lo sentirán primero en clínicas, facturas de energía y empleo local. En Bogotá, eso puede sonar como un ajuste tecnocrático. En La Guajira, Chocó, Catatumbo o la costa Pacífica, puede sentirse como abandono con mejor vocabulario.
La historia de Colombia hace esto especialmente inflamable. El conflicto armado del país no creció solo por ideología. Creció por desigualdad en la tierra, ausencia estatal, exclusión regional y modelos económicos que conectaron algunos territorios con los mercados globales mientras otros sobrevivían de la extracción, la coca, la minería informal o la migración. La austeridad en Colombia nunca es solo política presupuestal. Es política territorial.
Los partidarios de De la Espriella responderán que no hay programa social sin dinero para financiarlo. Tienen razón. Pero sus críticos responderán que no hay clima de inversión estable en un país que trata la pobreza como una molestia de hoja de cálculo. También tienen razón.
Esa es la trampa colombiana. El próximo gobierno debe restaurar la confianza sin enseñar a millones que la confianza es solo para los inversionistas.

Petróleo, gas y la vieja promesa
El aplauso más claro vino de los sectores empresariales que pasaron los años de Petro esperando que el péndulo energético volviera. De la Espriella ha prometido reanudar la exploración y producción petrolera, incluido el fracking, y promover el gas natural, soluciones de regasificación y proyectos de gas licuado en las costas.
Mauricio Guzmán, líder de estrategia de inversiones en Sura Investments, dijo tras la votación que los mercados reconocían la posibilidad de un entorno de inversión más favorable, mayor responsabilidad fiscal y mejores perspectivas de crecimiento. Dijo a EFE que los próximos años estarán definidos por la capacidad de Colombia para recuperar la confianza de los inversionistas.
Esa confianza tiene una dirección concreta: petróleo, minería, regulación energética y la creencia de que las reglas no cambiarán a mitad de camino. La inversión extranjera directa cayó bajo Petro, especialmente en los sectores petrolero y minero, históricamente centrales para las exportaciones y los ingresos públicos. Para un gobierno enfrentando un hueco fiscal, los hidrocarburos no son solo ideología. Son flujo de caja.
Sin embargo, el regreso de Colombia al petróleo viene con una contradicción regional. América Latina habla el lenguaje de la vulnerabilidad climática porque la vive, a través de inundaciones, sequías, deslizamientos y choques agrícolas. Pero muchos de sus estados aún financian la paz social con rentas extractivas. Ecuador, Brasil, México, Guyana, Argentina y Colombia conocen la tentación: perforar ahora, diversificar después.
El peligro para De la Espriella es creer que los hidrocarburos pueden comprar suficiente tiempo sin profundizar viejas dependencias. Los ingresos petroleros pueden estabilizar las cuentas. También pueden fortalecer una economía política conocida, en la que el centro recauda, las empresas ganan, las comunidades locales soportan el daño y la diversificación sigue siendo un eslogan de campaña.
Aun así, el argumento de la inversión no es vacío. La productividad, los empleos formales y el crecimiento por encima del promedio histórico requieren capital. Colombia no puede reducir la deuda solo con recortes si la economía se estanca. Un entorno regulatorio creíble, presupuestos disciplinados e instituciones más fuertes podrían elevar el crecimiento a mediano plazo. Pero la credibilidad es más que ser amigable con los mercados. También es justicia predecible, agencias capaces, tribunales que funcionan y servicios públicos que no colapsan cuando cambia un ministro.
De la Espriella admira a Javier Milei, Nayib Bukele y Donald Trump, tres líderes que convirtieron la rabia en estilo de gobierno. Colombia puede recompensar ese estilo por un tiempo. Incluso puede necesitar una disrupción en burocracias que se volvieron costosas sin volverse efectivas. Pero Colombia no es Argentina, El Salvador ni Estados Unidos. Su geografía es más fragmentada, su paz más inconclusa, sus regiones más recelosas de las decisiones tomadas desde la capital.
La "patria milagro" del presidente electo será juzgada menos por los discursos que por la secuencia de acciones. Pague las deudas de salud y energía, pero no rompa el acceso. Reviva la inversión, pero no subaste el futuro. Recorte el despilfarro, pero defina bien qué es despilfarro. Pase una reforma tributaria, pero explique por qué un presidente de Estado pequeño necesita más ingresos. Proteja las reglas fiscales, pero recuerde que las democracias latinoamericanas fracasan cuando los ciudadanos experimentan la disciplina solo como castigo.
La elección produjo un ganador. Los datos produjeron una advertencia. Colombia quiere recuperar la confianza, pero también quiere que la dignidad siga al alcance. El 7 de agosto, De la Espriella heredará no una página en blanco, sino un libro mayor lleno de promesas, deudas y fantasmas. Cómo lo equilibre decidirá si su milagro suena a renovación o solo a otra factura latinoamericana que llega tarde.
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